martes, 31 de julio de 2012

El metro


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En casa me encontraba en paz, sentía tranquilidad y serenidad. Era mi refugio, mi nidito exclusivo, a mi gusto. Allí pasaba momentos de soledad, pero eran momentos que yo siempre he valorado. Uno ha de estar solo para conocerse a sí mismo. Hay que descubrirse sin ayuda de nadie para lograr conocer tu verdadera esencia y saber hasta qué punto puedes aguantar sin buscar el apoyo de los demás. Hasta qué punto uno es independiente. En general no somos lo suficientemente fuertes como para atravesar dificultades o enfrentarnos a un problema sin contarlo, sin buscar ayuda, sin esa necesidad insaciable de que los demás nos den las respuestas que buscamos. A mi siempre me ha bastado con reflexionar y cavilar durante largo y tendido para hallar la respuesta que busco. Tan solo en apuros de mayor envergadura he decidido llamar a un amigo. Me basta con el teléfono, pero sí es cierto que siempre he apreciado como a un tesoro la verdadera amistad. Tampoco he tenido siempre muchos amigos. O quizás sí, pero no verdaderos. A lo largo de nuestra vida tenemos millones de conocidos a los que les ponemos el calificativo de amigos porque les podemos contar nuestros problemas, pero solo es verdadero aquél al que se los cuentas y sabe escucharlos, comprenderlos, hasta el punto de hacerlos suyos para ayudarte a solucionarlos. Hasta el punto de dejar su vida por un momento, de congelar su tiempo para regalártelo a ti. Para consolarte y apoyarte. Un amigo es alguien que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere.

Sin embargo, el tiempo nunca me ha permitido dedicarme con esmero a la gente que me rodea. De la cama al trabajo, del trabajo a la cama. Un rato para comer. Un rato para leer. Un rato para no hacer nada. No sé dónde quedaron las fiestas con los amigos, las salidas con la familia, las charlas con conocidos... No lo sé. Quizás quedaron en la adolescencia. Esa época que nunca apreciamos cuando la estamos viviendo y sí cuando la hemos pasado. Viajes de fin de curso, graduaciones, excursiones, compañeros, risas, llantos, amores, desamores y mil cosas más. Un cóctel de sentimientos y emociones que se agravan por la situación hormonal por la que se pasa en dicho momento. Es toda una aventura que recuerdo con mucho cariño, pero eso ya se acabó. Me tocó enfrentarme a la realidad tras acabar la carrera. Quería independizarme, sacarme el carnet de conducir, buscar un piso, encontrar trabajo y, en definitiva, montar mi propia vida. Nunca he aceptado el hecho de vivir con los padres hasta los cuarenta, algo muy de moda por el momento. No lo entiendo. Es como querer vivir una adolescencia prolongada, eterna, inacabable. Ahora veo que tiene muchas cosas buenas, pero sigo creyendo que es como condenar a los padres a estar siempre pendientes de ti. Creo que llega un momento en el que uno ha de vivir por su propia cuenta, devolviéndoles el tiempo que han dedicado durante toda su vida exclusivamente a criarte y educarte. Algo natural, el ciclo de la vida. Hemos sido criados y educados para tener unas bases forjadas y construirnos una vida. Todo ha de fluir de ese modo, según mi punto de vista. Y sé que hoy en día no es así porque atribuimos la independencia a encontrar un trabajo estable y, sobre todo, una pareja estable. Una pareja estable. Algo en lo que jamás he creído. Precisamente por el fluir de la vida. El ‘todo cambia’, el Panta Rei del filósofo Heráclito. ¿Cómo es posible encerrarnos de ese modo en una pareja? ¿Cómo podemos eliminar todas las posibilidades de conocer y descubrir a las personas porque nos creemos propiedad de alguien? Sé que la respuesta que muchos me darían sería simple: amor. Pero sigo creyendo firmemente en mi teoría. En que la sociedad ha establecido esa inminente necesidad de emparejarnos. Yo creo más bien en el amor hacia muchísimas personas a lo largo de nuestra vida. El amor, la atracción, el cariño. Nunca únicamente hacia una sola persona. ¿Por qué entonces decidimos, en un momento determinado y en unas circunstancias determinadas, que pasaremos el resto de nuestra vida con esa única persona? ¿Por qué no empezar con alguien sin planes de eternidad y el repetidísimo ‘para siempre’, y, simplemente, vivir el momento para averiguar y descubrir juntos si se está hecho verdaderamente el uno para el otro? No lo sé. No entiendo el sacramento del matrimonio. La repetidísima frase ‘hasta que la muerte nos separe’. Quizás alguien me lo haga entender algún día. Quizás tampoco me importaría no descubrirlo nunca.

[ El metro - capítulo 1 ]
[ El metro - capítulo 0 ]


3 comentarios:

  1. Pero que bien escribes...Me encantan esas reflexiones en voz alta!Y comparto lo que dices...somos animales sociales...necesitamos al otro...aunque a veces busquemos y necesitemos momentos de soledad.El compartir la vida con otro..en el momento en el que crees que ha de ser de por vida,desaparece el encanto,la magia ,la pasión,para pasar a la rutina!

    Bssss!!!!

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  2. Te echaba de menos !! :-))
    Éstos Posts en los que nos abres tu corazón me encantan ... !! Si es que son la vida misma . Yo pienso como tú en muchos aspectos, y también recuerdo mi adolescencia con cierta añoranza, aunque a veces, pienso que siempre seré esa adolescente en el fondo ... :-))
    Me encantó el Post .
    Besazos guapísima .
    Por cierto, ves a mi blog cuando puedas, te he dado un pequeño premio . ;-))

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  3. Estoy leyendo entradas antiguas, Judit, me encantan.
    Ya te lo he dicho: eres una gran escritora, admiro mucho tu trabajo.
    Estoy totalmente de acuerdo con todo lo que dices en esta entrada, en especial la parte de independizarse, no depender de nadie ni de nada.

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